miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tigre y el Helado


El Delta de Tigre es un espacio mágico. Logra despejarme en un día lo que otros logran en más. Tiene un río que me recuerda a una foto de mi abuelo sentado en un muelle que rescaté. Esa parsimonia que yo creo que nunca tendré y que admiré siempre.
Hace 4 años que voy regularmente. No todos los fin de semana pero voy. En el verano es un lugar, un refugio y un encuentro constante con Lau, amigos/as que vienen.
Memorias de comienzo de relación, de Ben Jorge, de inundaciones con amigos/as, de caipis, de asados, de discusiones políticas, de familia, de felicidad.

El año pasado nos quedamos 20 días. No vi la Ciudad por ese lapso. Otra velocidad, mucha felicidad.
Los fin de semana de enero y febrero, se escuchaba un motor que aprendí a conocer a la distancia. El conductor me miraba, sabía que lo iba a frenar sin vacilar. Era la lancha heladera.

Esta fin de semana estaba en el muelle esperando a Laura aterrizar de la lancha colectivera. Cuando lo hizo trajo en su mano izquierda una bolsa. Esa bolsa tenía mi regalo que apaciguaba mi tristeza momentánea. Me había traído un kilo de helado del local de la estación fluvial: Antonio helados.
Un helado que si bien no es riquísimo, al comerlo en tigre se vuelve el helado más rico del mundo.
Trajo de Dulce de leche granizado, banana split y frutilla.
Recomiendo comprarlo. No ponen hielo seco pero llega perfecto a la casa del Delta.
Recuerden, siempre que yo esté en el Delta y vengan a saludarme: compren. No lo duden, nunca está de más.

Calificarlo es difícil. Un fin de semana complicado y un helado fuera del contexto normal como remedio de la tristeza me harían correr la balanza. Prefiero la imparcialidad y dejar el puntaje para otro momento.




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