Ese lugar es impresionante. Supera algunos de los problemas de Jauja. Sus gustos son raros pero comprensibles. Debajo de cada uno, dice sus componentes.Perfecto. La atención paciente y correcta.
Vayan, disfruten!
Mediodía, almuerzo donde festejamos el cumpleaños de
Mariano. La persona que cuando cumple años o lo hago yo, el saludo está seguido de un hace XX
años que nos conocemos. Esta vez, fueron 30 años.
Villa Crespo, es sin duda, un
espacio en crecimiento. Sus lugares van cambiando al ritmo de la maduración.
Las plazas se vuelven más lindas, los bares se transforman. Restorancitos que
se convierten en espacios especiales. Bares de tapas y vermú de los cuales uno
se vuelve seguidor, puristas y new
Yorker, otros. Otros que se quedan viejos, que tienen ese gusto a la nostalgia. Que ponen fotos de sus familias en la paredes. Yo paso por todas
estas transformaciones. Ayer, luego de una tarde de amistad 1001 con Fede
(algún día hablaré del significado que tiene ese número en mi vida), un té, un
campari, charla profunda, tonta y revisionista sobre los recorridos, me fui a
buscar a Laura que salía de análisis (como me gusta que la gente haga terapia).
El destino era un lugar muy chiquito que queda en Castillo 50, en la república
de Villa Crespo. Lugar donde suponíamos vendían comida cubana. Nos sentamos y
vemos la carta. Comida de todos los pueblos dicta en letras verdes. De India,
Marruecos, Brasil, Cubana, Venezuela, Irlanda, etc. Su dueña, según las paredes
que cuelgan diarios, es antropóloga y chef. Representa la cultura de los
pueblos y sus sabores. Comimos muy bien, cansados partimos a una heladería del
barrio. La Flor de Almagro. Ninguno de los dos la recordábamos muy buena pero
yo quería probarla.
Desde que tengo el blog y me divierto en él, contando mis avatares cotidianos, ellos me dicen que la heladería de su barrio es sin duda de las mejores. Que precio, calidad y no sé qué otras tantas cosas. Yo les respondo que no recuerdo que sea tan buena, dado que antes que ellos tengan juicio cierto sobre los sabores, era yo el que los llevaba a las heladerías y a esa en particular porque eran muy chicos. Ahí pedían Dulce de Leche con Vainilla. Yo le decía que el segundo era el gusto más aburrido y pobres solo para no contradecirme, pedían, algunas veces, Banana Spit. Bueno, esa heladería se llama Modena y ahora es una cadena.
La semana pasada, un amigo me
dijo que estaba melancólico. Rasgo que creo que me caracteriza, no nostálgico
sino melancólico. Ver el pasado y recordar, reír o incluso llorar. Mi sobrino
mayor, que tiene 20 años, se acercó a mi nuevo trabajo. El objetivo: que se
entrevistará con una compañera que estudio sociología para analizarla como
posible carrera que sustituya la presente-arquitectura-. Luego, nos fuimos a
almorzar. Charlamos de todo, de lo difícil que es decidir una carrera, de lo
complicado que es no ganar un sueldo pero la importancia de estudiar si es que
le gusta. Ese adulto alguna vez fue mi primer sobrino. Hace 20 años. Cuando íbamos a almorzar detecté una heladería
que no conocía frente al parque Lezama. Su nombre Florencia. Suponía que estaba
cerrada por el horario. Decidí que en la semana volvería. A los pocos días fui.
El jueves de la semana pasada. Para ir me desvié 5 cuadras de mi recorrido al
colectivo. Estaba cerrada nuevamente. Caminé 8 hasta otro colectivo que me
acercara a mi casa. Decidí bajar en un lugar para tomarme otro transporte, no
sin antes caminar suponiendo que por la avenida José María Moreno y Asamblea
debía haber un local. Caminé 10 cuadras y nada. De pronto recuerdo que había un
Faricci cerca. Fui y elegí un vaso mediano. Cometí un error garrafal, un error
de principiante. Pedir Dulce de Leche con Dulce de leche natural y bombones. Es
un gusto que no puede ser comido sino se quiere morir de hipoglucemia. Chocolate
blanco era su compañero. Ambos dulces a más no poder. Ambos hicieron que me empalague
como nunca antes. Un vaso mediando de 18 pesos que no merecía ser comido.